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Cada vez que me llama Álvaro una extraña sensación invade mi cuerpo. El conoce mi secreto y sabe que accedo complacida a llevar a cabo todo lo que se le ocurre. Es un buen amigo, más que eso, casi se podría decir que es el tutor que me guía en la satisfacción de mis más íntimos deseos. No puedo negarme a sus proposiciones, pero no por que sea su sumisa dominada. Me conoce tan bien, que sus ocurrencias me satisfacen plenamente y me hace vivir momentos maravillosos. Somos como una sociedad perfecta, donde yo aporto mi cuerpo y él planea situaciones morbosas y me da compañía y protección.

Si se enterasen mis padres me matarían, o me echarían de casa, o les daría un soponcio, no se. Lo que tengo bien claro es que no quisiera que se enterasen por nada del mundo. Ellos son tan tradicionales que no soportarían saber lo que hago de vez en cuando. Tampoco creo que mis amigas lo comprendiesen; lo mínimo que dirían de mí es que soy una guarra. Mejor que no lo sepan. Al fin y al cabo no ganaría nada contándoselo. Prefiero disfrutar ocasionalmente de mis aventuras furtivas con Alvaro. ¡Que le voy a hacer, no lo puedo evitar! Me gusta exhibir mi cuerpo, ver las caras de sorpresa de los que se cruzan conmigo mientras yo les muestro mis encantos simulando descuidos.

En aquella ocasión quedamos por la tarde en su casa. Abrió la puerta con esa sonrisa franca que me tranquiliza tanto. Después de ofrecerme algo para beber me invitó a que pasase a su dormitorio. Sobre la cama estaba extendida la ropa que yo vestiría esa tarde: una minifalda vaquera, corta pero no escandalosa, y un top rojo con escote palabra de honor, de esos sin tirantes. Los hombros quedaban al descubierto, pero no el ombligo y la zona de los pechos era elástica, con la tela en pequeños pliegues. Con esa ropa estaría sexy, atractiva, aunque no más que muchas otras chicas de mi edad. Pero yo no puedo salir así de mi casa; mis padres no ven con buenos ojos esa forma de vestir. Por eso me tengo que cambiar en casa de Alvaro a quien, además, le gusta regalarme prendas de vestir y lencería. Y la verdad es que tiene muy buen gusto.

-Anda, ponte esa ropa, que vamos a ir de compras. Te he preparado una sorpresa.

-Jijiji, ya me imagino yo que tipo de sorpresa me has preparado.

No somos pareja, ni tenemos intención de ser más que amigos, pero me gusta como me mira mientras me desnudo. No perdía detalle mientras yo me quitaba los pantalones y la camiseta y sus ojos se iluminaron cuando cayó el sostén, mostrando mis redondos pechos. Siempre me dice que tengo unos pezones perfectos para una exhibicionista, grandes y oscuros. Después de bajarme las braguitas –mi madre se caería desmayada si encontrase un tanga en mi cajón- dejé que contemplase un momento mi sexo totalmente depilado. Podría haberse abalanzado sobre mí sin que yo hubiese puesto ninguna resistencia, pero cuando tiene planeada una exhibición, no deja que nada le distraiga.

El top me quedaba ajustado, realzando al máximo el generoso volumen de mis tetas. Los pezones apenas se insinuaban bajo los pliegues de la tela, aunque amenazaban con asomarse, obligándome constantemente a tirar de la prenda hacia arriba; un clásico con este tipo de escotes. La faldita me llegaba hasta medio muslo y, si no quería, no

había mucho riesgo de que mi rajita quedase al descubierto, aunque me agradaba esa sensación de libertad y frescura. Además, con un pequeño gesto, podría mostrar mi más íntimo tesoro a quien me apeteciese. Unas sandalias abiertas completaban el conjunto.

-Bueno, ya estoy, ¿Qué te parece?

-Estás muy sexy. Perfecta para ir de compras. ¿Te apetece ir al centro comercial?

-¿Al centro comercial de compras? Jijiji. Si no te conociese sería algo normal, pero dime, ¿Qué quieres que haga hoy?

-Tranquila, que no te voy a pedir nada extraño, tu estate relajada, que ya verás como nos divertimos.

Estaba terminando septiembre y la temperatura era agradable. Por eso mi atuendo, aunque algo atrevido, no desentonaba con el día. Mi amigo, siempre amable, abrió la puerta de su flamante BMW, siempre impecable, haciéndome sentir como una princesa. Apenas tardamos diez minutos en llegar al centro comercial. Por el camino charlamos de cosas intrascendentes. Parecía como si Alvaro tratase de que todo se desarrollase con la máxima normalidad. Yo le seguía la corriente, no estaba nerviosa, pero si algo excitada pensando en lo que habría maquinado para que yo mostrase mi lado mas sensual.

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Evidentemente mis pechos, redondos y voluminosos aunque no exagerados, se moverían insinuantes bajo el top, llamando la atención de los que se cruzasen en nuestro camino. El coño, desnudo bajo la minifalda, también podría quedar expuesto ante la mirada de sorpresa de algún afortunado. Sin embargo, la prenda no era tan pequeña como para descubrir mi intimidad sin forzar demasiado la situación. Estaba intrigada por lo que me tendría preparado.

No había demasiados coches en el aparcamiento, normal para una tarde de entre semana. Aún así aparcó el vehículo en una plaza alejada de la puerta, pese a tener cientos de sitios libres. Le miré con gesto de extrañeza, pero él me correspondió con una sonrisa sospechosa. Mientras caminábamos hacia la puerta charlábamos sobre temas intrascendentes. Era evidente que yo estaba realmente atractiva, a juzgar por las miradas de la gente que nos cruzábamos, no muchos, pero suficiente para hacerme sentir deseada. Aunque no soy una chica alta, tengo un buen físico, con curvas, buen culo y piernas bien torneadas. Además estoy orgullosa de mi melena, lisa y morena, que realza mis encantos.

Ya en la galería comercial estuvimos curioseando por los escaparates. Alvaro me sugería artículos que podrían ser de mi gusto y yo me distraía mirándolos. Al agacharme, mis tetas cedían sobre el escote, queriendo salirse. Como no, mi amigo se sentía satisfecho cuando descubría alguna mirada furtiva fija en mi pecho. No estaba siendo la experiencia más erótica que había vivido, pero estaba pasando un rato divertido. Al andar, mis senos se movían, haciendo que el elástico del top se fuese bajando hasta que asomasen levemente los dilatados pezones. Todavía recuerdo la mirada de aquel hombre que, por mirar mis encantos, casi atropella a un chiquillo con el carro de la compra. Y también recuerdo el codazo que le arreó su mujer.

Yo disfrutaba con aquel juego, pero no podía evitar subir la tela para cubrir mis pechos. Es un gesto casi inevitable cuando se lucen esos escotes. Alvaro me animaba a que dejase que la gravedad hiciese su efecto, pero inconscientemente mis manos volvían

a tirar hacia arriba del top. Era divertido, pero me gusta mostrar con picardía las partes más íntimas de mi cuerpo, y aquello no llegaba a satisfacerme plenamente. Ni a mí ni a Alvaro. Esperaba que me propusiese hacer algo más arriesgado.

Ya habíamos recorrido casi toda la galería, cuando mi acompañante me dijo que iba a comprar algo. Entramos en el supermercado y compró unos refrescos y varias bolsas grandes de patatas y ganchitos. Era algo extraño, pero siendo Alvaro, podía esperar cualquier ocurrencia y nada mas pagar en caja todo se aclaró.

-¿Te importa llevar las bolsas? Es que estoy de cansadooo –me dijo con tono juguetón-

-Jaja, claro, ¡que morro tienes!

-Gracias, pero lo que quiero es proponerte un juego. ¿A que no eres capaz de llevar las bolsas hasta el coche sin soltarlas en ningún momento?

Por supuesto accedí. No creo que haga falta explicar lo que pretendía mi buen amigo con aquel reto, y yo estaba encantada. Como las bolsas eran bastante voluminosas, tenía que llevar las dos manos ocupadas. Aunque quisiese, no podría hacer el gesto de subirme el top, ni voluntaria ni involuntariamente. Al andar, con el generoso volumen de mis pechos la tela poco a poco se iba deslizando sobre la piel, con el riesgo de dejar al descubierto más de la cuenta. Me excitaba la idea de que se bajase el elástico y mis tetas quedasen al descubierto, pero involuntariamente caminaba con cuidado.

Alvaro me daba conversación, simulando naturalidad, pero también se le notaba inquieto esperando que de un momento a otro la carnosidad de los pezones empezase a asomar por el escote. A pesar del cuidado con que intentaba caminar, no hubo que esperar demasiado para que la sombra de la areola derecha e a asomar. El gesto de sorpresa de un hombre que se cruzó con nosotros nos lo anunció. Era una sensación indescriptible. Yo me hacía la distraída, sabiendo que a partir de ese momento sería casi imposible que ningún varón se fijase en mi delantera.

Tengo unos senos grandes, no exagerados, pero firmes. Su temblor al caminar ya atraía las miradas y al ir quedando al descubierto parte del pezón, eran como un imán para las miradas. No sabía si podría completar el reto que me había propuesto mi amigo. Aún quedaba mucho camino hasta el coche, pero sobre todo me inquietaba lo que nos quedaba hasta abandonar la inmensa galería comercial, repleta de gente y exageradamente iluminada. Yo prefería no mirar hacia abajo, para no ver como se iba descubriendo el pecho. No quería abandonar, así que me hacía la distraída, pero notaba que la conversación de Alvaro cada vez tenía menos sentido.

Al cruzarnos con una pareja, ella me hizo un gesto para que yo me diese cuenta de la situación. Yo sonreí agradeciendo el aviso, pero evidentemente no hice nada. Cuando nos detuvimos en un escaparate a mirar unas prendas pude comprobar que el top había bajado hasta dejar casi medio pezón al descubierto. Tan solo la punta hacía de freno a la tela evitando que bajase más y dejase todo el pecho al descubierto. Además, el otro pezón también estaba empezando a asomar.

No quedaba demasiado para salir de la galería comercial, pero yo estaba nerviosa y excitada al mismo tiempo. Quizás esos nervios o el maldito pudor me hicieron acelerar el paso para llegar cuanto antes al coche. Eso mismo hizo que mis

pechos se moviesen algo más de la cuenta y poco antes de salir de la galería sentí como el elástico del top bajaba dejando un pecho totalmente al descubierto. Creí que me moría de vergüenza, pero no me rendí y seguí adelante. Hubo más gente que me hizo señas para avisarme de la situación, pero yo contestaba sonriendo sin hacer caso.

Ya en el aparcamiento, dejé de preocuparme por el movimiento de mis pechos al caminar. Al fin y al cabo un pecho ya estaba fuera y la luz era algo más tenue. Eso no evitó que un grupo de jovencitos se quedasen boquiabiertos al cruzarse con nosotros. “Pero si lleva una teta fuera”, se le escapó a uno de ellos. Fueron los más atrevidos, y no dejaron de mirarme hasta que nos separaba una buena distancia.

Cuando por fin llegamos al coche respiré aliviada. Había pasado un apuro terrible, pero también me había excitado hasta el punto de tener mi sexo totalmente húmedo. En un gesto galante, Alvaro abrió la puerta del coche para que yo dejase las bolsas y me acomodase. Luego entró él y después de felicitarme por mi valentía me besó tiernamente. El juego había terminado, pero yo preferí no subirme el top hasta que volvimos a su casa. Allí me volví a poner mi ropa de chica decente y me despedí de mi amigo hasta la próxima llamada de teléfono.